El pensamiento económico medieval surgido en la cristiandad
latina de Europa Occidental que desarrolló el feudalismo y la filosofía
escolástica, se centró en cuestiones éticas como la pobreza y la caridad, el
precio justo, la relación conceptual entre el beneficio, el interés y la usura;
y en determinadas especulaciones acerca de la teoría del valor, que en algunos
casos podrían asimilarse a las posteriores teorías que lo identifican con el
trabajo, y en otras con el precio de mercado.
Contemporáneamente, en otros contextos geográficos,
sociales, económicos y culturales, como fue el Islam medieval, se desarrollaron
otras formas de pensamiento económico, con notables autores (Ibn Jaldún).
El marco económico y social del feudo era análogo en algunos
aspectos al de la polis o ciudad estado griega. El principio de organización en
ambos era el rango y no el contrato, y en ambos casos se trataba de una
situación de economía de pre-mercado, en un estadio tecnológico muy
rudimentario.
No obstante las diferencias eran sustanciales: mientras que
en el modo de producción esclavista el interés en la producción estaba en el
propietario, único detentador de derechos; en el modo de producción feudal el
interés en la producción está en el siervo, que también se ocupa de la
reproducción del sistema. No hay un claro concepto de propiedad, y ambos
comparten derechos sobre la tierra. El papel del señor consiste en conseguir la
extracción del excedente mediante coerción extraeconómica (la renta feudal). Ni
siervo ni señor acumulan capital, el primero por incapacidad, el segundo porque
las inversiones productivas le están vetadas ideológicamente, quedándole
únicamente el gasto militar, el gasto suntuario o el atesoramiento.
Para dar el paso hacia una economía de mercado era necesaria
la aparición de relaciones impersonales, competencia, libre movilidad,
expansión económica, propiedad privada; el conjunto de instituciones necesarias
para el desarrollo de lo que se conoce como capitalismo o modo de producción
capitalista.
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